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Fundido en negro

De pequeño le gustaba imaginar que el antiguo edificio modernista donde estudiaba música, era un castillo encantado, al resguardo de otros en mitad de un bosque embrujado. Siempre había tenido una imaginación desbordante. Cuando era mayor y volvía a pasar por aquel parque, sonreía al acordarse del edificio como “el castillo encantando en mitad del bosque embrujado” de su infancia. Entonces recordaba también a sus amigos del conservatorio y cómo, todos juntos en camaradería infantil, se escapaban de las clases y se colaban por los pasillos a los que tenían prohibido el acceso. Acostumbraban a subir a unos de los altillos, donde se guardaban muchas de las pertinencias de la última familia que había habitado en aquella vieja casa modernista.
Entre todos esos cacharros de anticuario, siempre se acercaba a un viejo piano. Primero tímido, gastando bromas con sus amigos, sobre fantasmas y otros espíritus que pudieran estar esperándolos en aquellas habitaciones abandonadas y siniestras. Luego, con más confianza, como el que va a visitar a un viejo amigo, con ilusión y ganas de reencontrarlo. A hurtadillas, acariciaba las teclas del viejo piano, que sonaban en la sordidez de la habitación como si fuera un quejido, un lamento por mantenerlo allí olvidado durante tanto tiempo.
Con el paso de los días, había cogido la costumbre de subir a aquella zona de la casa, solitaria y oscura. Se hacia el remolón en las clases, se quedaba el último recogiendo sus libretas y sus bolígrafos, y luego, cuando la mayoría de los chicos se habían ido, él subía tranquilo, por los pasillos que ya le eran familiares, y se colaba, sin ningún tipo de titubeo, en aquellas habitaciones de acceso restringido para todos los alumnos. Sólo quería oír el sonido de aquel piano, que sonaba como un breve lamento en la penumbra.
Esos fueron los días en que decidió aprender a tocar el piano. No pretendía ser una gran pianista. Se contentaba sólo con tocar el piano.
Un día su vida cambió radicalmente por culpa de un grave accidente. La oscuridad y el dolor le robaron la luz y la calma por completo. Aunque a medida que envejecía, la música del piano era lo único que le hacía vibrar el corazón.
Sus dedos acariciaban las teclas del piano como si fuera el cuerpo de una amante exigente. No importaba la hora del día. Solo pensaba en acercarse al piano, palparlo, tocarlo, sentirlo. Interpretar la banda sonora nostálgica de su vida. Las horas pasaban lentamente cuando no estaba sentado ante el piano. El piano se había convertido en una amante severa que cada día reclamaba su atención de una manera obsesiva.
Tres. Cuatro. Seis de la madrugada. No importaba. Doce de la noche. Ahí estaba, el piano siempre le esperaba.
Descubrió aquella sensación de calma que le daba el sonido de las teclas del piano, aquel sonido que le envolvía y le regalaba la luz en aquella constante oscuridad en la que se sentía prisionero. Sólo tenia que tocar el piano. Como siempre había querido desde pequeño. Aquella era su dosis diaria de calma interior. Algo que habitualmente hacía y que le ayudaba a aceptar aquella oscuridad infinita de la que le era imposible desprenderse.
Dark lo miraba desde su posición perruna. Atento siempre a los gestos de su dueño. Siempre con su collar marrón dispuesto a dar un paseo nocturno. Noche cerrada, y en el cielo aquellos eternos destellos de fosfenos en la oscuridad. Como tantos otros paseos junto a Dark, él fantaseaba con caminar hacía las afueras de la ciudad, donde recordaba que estaba el bosque más cercano, y siempre siguiendo a su perro Dark que lo guiaba paciente por el camino.Un bosque con el que él fantaseaba y lo llamaba el bosque encantado, como aquel parque urbano que recordaba de su infancia.
Empezó a llover con una violencia sorprendente, Dark lo llevó hacía un sitio seguro, él seguía al perro, sabía que su instinto animal los llevaría a resguardo de aquella tormenta. Entonces, siguiendo a Dark creyó toparse con una casa medio resquebrajada y en ruinas, perdida en la oscuridad de aquel inmenso bosque que imaginaba.
Una gloriosa entrada entre aquel murmullo incasable de personas, que lo atormentaban con sus voces de fondo, sus toses y sus silencios intermitentes. Al principio era constante, luego se callaban, luego volvían a oírse en la lejanía, era como si estuvieran escuchando como sus pasos rompían el silencio oscuro siguiendo a Dark, y de repente silencio, y luego murmullo, silencio, murmullo…y así sucesivamente.
Dark aguardó unos momentos, mientras él pisó los primeros peldaños que accedían al interior, y volvió a oír el murmullo de aquella gente de fondo. Le entró un nerviosismo frío que le recorrió el cuerpo y lo hacía sentirse inseguro. Los murmullos venían del interior. Movido por la curiosidad, adelanto sus pasos y entró en un pasillo interior. Las voces se callaron por completo. Corrió una gruesa y pesada cortina, que, al tacto, parecía de terciopelo. Oyó unos aplausos que rompieron entre el borbotar de la tormenta. Luego el silencio. El sonido de la lluvia contra los cristales. Y entonces sintió sus propios pasos pisar el suelo de madera, como quién pisa el suelo de un escenario envejecido entre el drama y la comedia. Sus pies inseguros ante lo desconocido, temblaban tropezándose a cada paso. El murmullo se había convertido en una presencia extraña que lo observaba oculto desde un silencio oscuro. Y luego estaba ese olor. Ese maldito olor a flores blancas que tanto odiaba. Un olor a jazmines que lo inundaba todo, como si estuviera en el escenario de una gran teatro que estrena espectáculo. Dark observaba a la expectativa tras la gran cortina de terciopelo. La lluvia caía con violencia, podía sentir el sonido tras los cristales. Los truenos se sucedían dejando un rastro de luz a su paso. De repente, escuchó un ruido en la parte superior. Entonces, sin miedo alguno, como aquellas otras veces que había subido a las habitaciones altas del conservatorio, subió a investigar en el escenario superior de aquel sitio.
Se encontró ante una única y gran estancia, con un piano negro justo en mitad de la sala, como sí de un gran escenario se tratase. Todo, absolutamente todo, tenia la pinta de estar a la espera de su entrada. Como si aquel piano estuviese esperando a ser tocado únicamente por él, igual que aquel viejo piano de su infancia, que siempre estaba en continua espera de su presencia. Volvió a oír un gruñido en el suelo de la planta superior. La soledad de su oscuridad se interrumpió con aquel rechinar instantáneo. En un gesto instintivo alzó extrañado la cabeza hacia el techo, un poco de polvo cayó encima suyo, como si alguien se moviera justo por encima suyo.
Decidió salir de nuevo al pasillo, y de pronto, de nuevo aquel murmullo. Eran voces que no entendía de dónde procedían, pero allí estaban. Latiendo a cada momento. Inoportunas en el silencio. No supo qué hacer. Volvió a pasar la cortina, y volvió a oír un aplauso seguido de un largo silencio oscuro.
Repentinamente Dark se puso a aullar. Había olvidado que su perro, pesé a guiarle, era un perro lobo, de los que aullaban en las noches de luna llena. Pero el aullido de aquella noche era diferente, era el aullido más intenso y más fuerte que jamás había oído de Dark.
Dark se unió a su amo veloz y en guardia, como queriéndole proteger de una amenaza. Volvió a aullar, pero esta vez era como una llamada desesperada. Rápidamente Dark se unió a él en posición de ataque. Sentía que lo protegía de algo que él no entendía. Y de repente, aquel silencio incómodo dejo aparecer aquellos murmullos de gente de nuevo. Un carraspeo de tos, una risa nerviosa entre un murmullo continuo de gente, como espectadores ocultos en la oscuridad.
De repente, Dark se puso más tenso, gruñía hacia aquello que parecía un escenario en la oscuridad.
Cayó un rayo tremendo cerca, y aunque el ruido fue espectacular, Dark se quedó completamente paralizado al contemplar como la luz perecedera del rayo iluminó fugazmente algo similar a un humano roto por la niebla en un rincón tras el piano. Parecía una niña de unos siete años pero no lo era. Era una presencia volátil, inalcanzable por su transitoriedad. Dark gruñó, avanzó en dirección a aquella presencia menuda y desafiante, se acercó más, Dark avanzó un paso más. Fuera llovía con violencia. La tormenta no tenia intención de parar. Dark no tenía intención de abandonar a su amo.
Y aquel silencio oscuro, interrumpido una y otra vez por los murmullos. Comenzaba a incomodarle tanta tensión en un mismo espacio y no podía dejar de sentir aquella figura extraña que flotaba en aquel rincón tras el piano. Empezó a sentir dificultad para respirar y una ansiedad que le presionaba el corazón hasta hacerlo sentir mareado. Entonces Dark dio un salto en dirección al espíritu que flotaba en el aire y acabó dándose de bruces con el suelo, sin conseguir detener lo que fuera aquello. Dark se incorporó rápido tras lamentarse con un débil quejido y corrió, fiel, junto a su amo.
Aquella presencia escalofriante se había sentado ante el viejo piano y empezó a interpretar a Sergéi Rajmáninov con una precisión absoluta y una agilidad impresionante. Él quedó asombrado. Dark acudió al piano de nuevo e intentó atacar a lo que fuera aquella presencia casi etérea, pero cuando él sintió que Dark pasaba por su lado con fuerza, asió rápido a su perro, casi al vuelo, y lo detuvo justo cuando el animal se abalanzaba sobre el espectro. “Aquello” fuese lo que fuese estaba realizando un concierto magnifico, y él quería escucharlo.
Pero no estaban solos, de repente Dark alzó las orejas y su mirada hacia la parte superior del edificio. Del techo descendía una presencia mucho más robusta que la que tocaba el piano, con más vehemencia y mucho más fuerza. Esta vez Dark no atacó, se retiró a su paso, como si hubiera sido hipnotizado bajo la soga del respeto y la subyugación. La presencia traspasó a su dueño, y se apoderó de su cuerpo, mientras él no podía hacer nada por impedirlo. Era como si esa presencia superior le hubiese dormido sus miembros y no pudiera hacer nada por deshacerse de ese estado de pesadez que lo dominaba. Intentaba luchar contra ello, era una fuerza superior que se había apropiado de él, pero de nada servia luchar. Como si todo a su alrededor se hubiese fundido en negro, del mismo negro que había sido toda aquella vida que no había estado tocando el piano. Sentía su cuerpo desvanecerse por el cansancio que le ocasionaba aquella presencia extraña en su cuerpo, y que lo conducía ante el piano. Se sentía entonces en un estado de consciencia diferente al que siempre se había sentido, como sintiéndose flotar en el espacio. No lograba controlar sus movimientos de manera voluntaria, sino que flotaba con ellos. Dark se apartaba por completo al ver el estado de debilidad en el que su amigo se movía.
Sentía el poder de la misma presencia, como le obligaba a unirse y a tocar el piano junto a la otra presencia menuda. La magia del momento no se detenía como tampoco se detenía la tormenta. Era un estado mental de inspiración y creación total lo que sentía en esos precisos instantes, y que se unían a la magia de aquella presencia liviana y menuda, ante la que él ya no se sentía amenazado, sino que sentía una tremenda melancolía al mirarla. La misma melancolía que habitaba en su vida tras perder la luz.
La lluvia iba amainando y Dark yacía tranquilo junto al piano, escuchando la música del piano, por fin, como si la música hubiera domado a Dark y la tormenta a la vez. Amainaba como la oscuridad, que a cada momento se aclaraba más. Entonces la presencia que tocaba el piano junto a él, se fue esfumando poco a poco, como un dibujo en el suelo que el agua de la lluvia borraba con detenimiento.
La Luz tímida del final de la tormenta empezó a colarse por los ventanales. Las presencias extrañas ya no estaban. Habían desaparecido. Él continuaba tocando el piano como preso de una magia que le hacía fluir con la música, pero con las presencia de quién es consciente de sus movimientos. Entonces, sin dejar de tocar el piano, podía sentir el calor de Dark dormitando a sus pies, totalmente relajado y calmado.
De repente, una gran luz lo iluminó y miles de aplausos empezaron a sonar. Había acabado de interpretar aquella melodía al piano. Más de mil personas se alzaron de sus asientos y empezaron a aplaudir y a ovacionarlo. Aquellos murmullos que sentía y lo atormentaban, se habían transformado en espectadores que disfrutan con su concierto de piano. Dark se alzó y se ubicó junto a su dueño, atento a sus movimientos.
Él miró al publico, pero solo veía oscuridad. Una oscuridad que le había acompañado siempre desde aquel maldito accidente. Dark se acercó y arrimó su lomo a su pierna, como indicándole que estaba allí. Él cogió su correa, sabía que era marrón porque alguien se lo había comentado. Se inclinó ante los miles de aplausos que sentía. No podía hacer otra que volverse a inclinar, una y otra vez, agradeciendo aquellos aplausos.
A fuera ya no llovía. Dark lo acompañaba. Como siempre le hacía de guía. Era hora de volver a casa. Esta vez, caminaban lentos, como el que saborea un éxito, como el que se sabe haber alcanzado un sueño tras mucho haber luchado por hacerlo realidad. Pero sin embargo, aquella oscuridad era permanente en sus ojos. Como si todo a su alrededor fuera un constante fundido en negro.

 

* Cuento publicado en la Sección : El Racó del Lector, especializada en textos literarios o sobre literatura, del Diari de Sant Quirze  el 24/10/2018 y el  31/1o/2018

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