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Esclavos de la tecnologia

Los regalos con los que nos están otorgando la evolución tecnológica es un placer en algunos casos: la tecnología médica nos permite curar enfermedades que años atrás no se curaban; la tecnología domotica nos permite vivir más cómodamente que en años anteriores; la tecnología aerodinámica nos permite viajar más rápido, por poner algún ejemplos aleatorios.
Si bien es cierto, que la tecnología nos ha beneficiado en su desarrollo con muchas ventajas, también es verdad que esos mismos avances han convertido además al hombre en un esclavo de su propia vida. La evolución tecnológica ha permitido desarrollar también una evolución digital que no siempre es bienvenida, de ahí que últimamente haya una tendencia en la población hacia la practica de la llamada “desconexión digital”.
Puedo “presumir” de que yo soy una de esas personas que ha llevado a la practica la desconexión digital en más de una ocasión, y lo digo así: casi como si fuera un acto heroico, y es que, actualmente, parece algo quimérico vivir sin digitalización. La desconexión se convierte en algunos casos en un sueño irrealizable, pero si se aplica un poco de disciplina y autocontrol se puede llevar a cabo perfectamente, sin ningún tipo de necesidad adictiva. No hay un manual exacto que indique como realizar esa desconexión digital, pero si bien, tras hablar con diversos amigos que también la han llevado a la practica, he observado diferentes niveles de aplicación de la desconexión digital.
El primer paso, que creo más acertado para alcanzar un poco de desconexión, consiste en no permitir que las notificaciones recibidas nos controlen a nosotros, sino en que nosotros debemos controlar esas notificaciones. El procedimiento es sencillo: consiste en silenciar todas las notificaciones digitales y gestionar esa información sólo en el momento que nosotros decidamos, y no cuando recibamos dichas notificaciones. Por ejemplo, el otro día mi amigo José Fuentes, reconocido diseñador de moda, se disculpaba conmigo por no responder casi inmediatamente mi mensaje de WhatsApp, para mi no hubo ningún problema por supuesto, por lo que no era necesario pedir disculpas, ya que yo entendía que mi mensaje de WhatsApp no era cuestión de vida o muerte y, por lo tanto, no era necesario responderlos de inmediato, sino, en este caso, cuando a mi amigo José Fuentes le fuera posible. Entiendo que todo se traduce a una respuesta bioquímica del cuerpo humano: el rápido nivel con el que se ejecutan las interacciones en las redes sociales y el bienestar biológico que causan en el cerebro (por la actividad de gratificación o de recompensa generada a nivel psicobiologico por la respuesta inmediata) hace que la culpabilidad se apodere de nosotros sino respondemos con rapidez o, al contrario, nos enfadamos o nos preocupamos, si son los otros los que responden más tarde, o con más calma a nuestros mensajes.
El nivel de desconexión digital más extremo consiste en bloquear o paralizar todas nuestras redes sociales y conexiones digitales, como si nunca hubiésemos estado presentes en la red. Darse de baja de redes sociales ya es una practica de lo más habitual entre muchos usuarios, que dicen disfrutar de mayor libertad y mayor tiempo libre para dedicarlo a otros temas que les genera más felicidad, en definitiva sentirse menos agobiados. En este tipo de desconexión, incluso he observado que Facebook es la red social más abandonada, los usuarios con lo que he comentado el cierre de sus perfiles de Facebook se refieren sobretodo a un “aburrimiento de la red”, “un querer estar más tranquilos” y sobretodo “un disponer de mayor tiempo libre”.
Realmente, nunca habíamos vivido una evolución tecnológica con una curva de crecimiento tan veloz en su desarrollo como ahora la estamos viviendo, por lo que es normal que el agobio nos venza ante tanto exceso de información y digitalización. El cuerpo humano, “configurado” inicialmente para vivir de manera libre en la naturaleza, y tras muchos siglos de evolución y desarrollo, aún debe continuar adaptándose a los cambios tecnológicos con el fin de no sentirse esclavos en las garras de la evolución.

 

* Articulo publicado en la Columna de Cristina Redondo: Il dolce far niente,  sección Tribuna del Diari de Sant Quirze  el 20/09/2018

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