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Una nueva vida

Ahora que ya había pasado todo, le parecía haber vivido una vida en blanco y negro que los demás siempre negaban vivir. A ella, la vida de los demás le parecía un drama. Un drama mucho más fuerte que el suyo. Mientras la gente hipócrita le negaba aquel matiz dramático. A ella le daba igual, se veía a lo lejos que estaba en lo cierto y continuaba su vida diaria como si nada de ello hubiera percibido. Después de todo, aquella ya no era su guerra.

Había aprendido a no meterse en la vida de nadie, así que agradecía que nadie se metiera en la suya, a pesar de que eso era algo que la gente jamás había aprendido a evitar.

Era mayor para pensar como una adolescente, pero su corazón aún latía con la misma fuerza de cuando huyó de aquella guerra.

Cruzaba la calle y pensaba en todos ellos. En los que, por suerte, dejó atrás y no volvió a ver nunca más. Recuerda sus sentimientos cuando volaba hacia su nuevo destino. Se sentía hastiada y derrotada, después de tanto luchar por su libertad, y de pronto era como si alguien hubiese abierto las puertas de su enorme jaula y pudiera volar. Volar de verdad.

Atrás quedaba el odio y la desidia de quién se creía más fuerte que el resto y humillaba al aquel que envidiaba. Atrás quedaba aquellas miradas de rechazo y, al mismo tiempo, de miedo a la inferioridad. Atrás quedaba toda aquella muchedumbre que luchaba por algo que jamás obtendría. La guerra los haría callar. Por siempre jamás.

La guerra dio por finalizada muchas batallas que antes nadie percibía, pero, sin embargo, allí estaban: subyacentes en un mundo de vanidad y egolatría sin fin.

El dolor cambia a las personas y las hace más sensibles a las cosas que, de verdad, importan en la vida. Aunque también, el dolor endurece la mirada y templa los nervios, haciéndonos inverosímiles al sufrimiento de quién sufre por banalidades.

Cruzaba la calle, pensando en todo ello. Sin darse cuenta que había iniciado una nueva vida hacía demasiado tiempo, y que ya no era una ciudadana emigrante, sino una ciudadana, sin más.

Tras haber cruzado la calle, se dio la vuelta y vio los niños jugar, como jugaban en su calle cuando era pequeña. Vio una vecina anciana con la compra en la mano, como su abuela cuando bajaba al mercado y pensó “Quizás las cosas no hayan cambiado tanto, quizás la vida es irónica, de verdad, y acaba siempre girando, hasta hacernos vivir otra vez la misma historia, hasta que entendemos el verdadero significado de la vida”.

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